PARA QUÉ SIRVE LA MÚSICA

Para entender de qué nos sirve la música, hablemos un poquito del cerebro:
Las estructuras del sistema emocional o límbico del cerebro, que procesan las emociones en el hemisferio derecho, se activan cuando la persona reproduce una melodía en la imaginación.

Si suponemos que de alguna manera el lenguaje oral y escrito expresa el pensamiento, y la música las emociones puras, tal vez podemos atrevernos a decir que una estimulación rica en ambas facultades estimulará la armonía entre pensamiento y emoción. No es descabellado.
Cierto es que el lenguaje como tal recluta gran parte del hemisferio izquierdo para producirse, y la música, el hemisferio derecho. Parece ser que estas dos funciones humanas se complementan. Es mas, a modo de Yin-Yan, la prosodia, es decir, la entonación del lenguaje, se sitúa en el hemisferio derecho, y el ritmo de la música, por su lado, en el izquierdo. Las zonas del cerebro utilizadas en la expresión y adquisición musical y las zonas del lenguaje se solapan, por lo que todo parece indicar que la estimulación de una de estas funciones, también repercute en la mejora de la otra.

En la imagen que proponemos, lo negro sería el Hemisferio Derecho, y el blanco el Hemisferio izquierdo:
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Muchas investigaciones apuntan a que una buena interacción entre ambos hemisferios cerebrales facilita la asimilación de la información y la integración no traumática de situaciones duras y conflictivas. Estudios con músicos profesionales muestran que el “cuerpo calloso”, haz de fibras que conecta ambos hemisferios, es mayor que en población normal. Todo apunta a que la estimulación y expresión musical facilitan la gestión de las emociones. La música, aun sin comunicar ninguna información simbólica ni referencial, genera un movimiento emocional.
La música tiene, además de un efecto conmovedor en nosotros, la capacidad de relajar la presión arterial, facilitar el movimiento fluido del cuerpo, estimular la activación cerebral, favorecer la comunicación interpersonal y fomentar la adquisición de hábitos. Es por ello que se usa con eficacia en el tratamiento de la Epilepsia, el Parkinson, el Autismo, el Déficit de Atención con o sin Hiperactividad, la Depresión, el Insomnio y la Ansiedad, entre otros. Su cualidad de aumentar la secreción de endorfinas facilita la relajación, el aprendizaje, la adaptación al cambio y la creatividad.

Un estudio de la Universidad de Wisconsin publicado en la revista Natura en 1993 afirmaba además que podía mejorar el razonamiento espacio-temporal, cosa bastante comprensible ya que la música implica la activación del lóbulo parietal y temporal derechos, implicados en la percepción espacial y temporal respectivamente.
La capacidad del ser humano para la música es innata, como la del lenguaje. El bebé reacciona a estímulos musicales desde el nacimiento y con seis meses su cerebro musical esta completamente desarrollado. Desde los 2-3 años el niño ya baila, canta, y reproduce canciones, aunque sea de forma muy primitiva.
El ritmo es parte de la vida del niño desde antes incluso del nacimiento. El latido del corazón de la madre no solo lo acompaña sin descanso, sino que lo calma y lo orienta. El niño nace con una determinación genética en sus ritmos circadianos, su organismo ya viene preparado para necesitar de forma rítmica, y ordenada en el tiempo, comer, dormir. Su respiración, su pulso, tiene una base rítmica. Como bien sabemos, respetar unos horarios de comida, sueño, etc, es importantísimo en los primeros años de vida del bebé, porque favorece la expresión de estos ritmos circadianos y los convierte en hábitos. Eso estimula su seguridad, su atención, su salud. El ritmo para el ser humano es, sin duda, un aliado innato y necesario para un correcto desarrollo.

En ocasiones la expresión musical es la salvaguarda que permite a una persona expresarse y realizarse. Es el caso de los llamados “músicos sabios”, niños con deficiencias linguísticas que no sólo conservan sus capacidades musicales, sino que poseen cualidades inconmensurables para la música, como una memoria musical excepcional, un oído buenísimo o una gran capacidad de representación melódica o rítmica.

Sin embargo, aun muchas de nuestras escuelas, redirigen el 90% de su empeño en estimular el lenguaje, y se olvidan de la música, cuando los niños van llegando a los 5-6 años. Todo preparado para aprender las letras, aprender las palabras, aprender a leer, aprender a escribir. Sin embargo no hay mucho trabajo dirigido, no solo al aspecto musical de nuestros peques, sino siquiera a la prosodia del lenguaje o a la gestión y expresión de las emociones. ¿La consecuencia? Nuestros niños son fantásticos lectores y escritores, pero a la hora de salir a leer se ponen nerviosos, se sienten inseguros, y a la vez no consiguen hacer una buena entonación del mensaje de lo que están leyendo ni profundizar en el sentido del texto. Todos estos déficits, en gran parte, se deben a la poca estimulación derecha que tienen sus cerebros en la escuela.

La necesidad de la música en la educación no es un descubrimiento del siglo XIX. Una de las grandes pedagogas del siglo pasado, Montessori, ya introducía ejercicios de educación musical en su famoso método. Otros muchos han reivindicado la educación musical en las escuelas. Dalcroze, y su aprendizaje rítmico-motriz, Orff, que relaciona el lenguaje verbal con el ritmo y el movimiento, Willems, que explora el carácter en la expresión musical. Hasta Piaget, que propone que el niño tenga un entorno musical estimulante. Waldorf hace especial hincapié en los conceptos de los que venimos hablando. Los alumnos de éste método aprenden un instrumento, aquel que, en opinión de los profesionales del centro, complementa sus cualidades. En el curriculum del método existe la asignatura de Euritmia, que mezcla la expresión emocional y corporal con el lenguaje y la música.

Rocío Carballo
Psicóloga Psicoterapeuta

Terapia on line y presencial en el centro de Madrid

 

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